Rosario Orellana
Análisis Libre *
A pesar del agua tormentosa que continúa corriendo bajo los puentes ante nuestros castigados ojos y que ha enturbiado lo poco del entero quehacer de la nación que ha sobrevivido a la destrucción, tal vez queden personas que de buena fe aun crean que aquello fue algo espontáneo contra el apenas instalado gobierno y en reacción contra el hasta hoy único intento de correcciones estructurales al Estado venezolano y a la relación de éste con la ciudadanía.
El archivo personal y frágil, almacén de vivencias que es la memoria, me trae imágenes, registros y sensaciones.
Ese lunes el Ministro de la Secretaría volvió del Despacho Presidencial preocupado y con retardo al almuerzo de trabajo que había convocado con otro de sus asesores y conmigo. Nos comentó el saqueo de un automercado en Cumaná, según recuerdo. Como quien se asoma al porvenir, agregó, palabra más palabra menos «esas cosas se sabe cuándo empiezan pero no cuando terminan». Con el ambiente algo tenso, abordamos el tema de la reunión que era implantar un sistema para el seguimiento de las decisiones del Consejo de Ministros, así como las resultantes de las cuentas presentadas por los ministros al Presidente. Luego, el Ministro se fue a Barquisimeto con el Presidente.
En algún momento de la tarde, un edecán irrumpió visiblemente alterado en la “oficina privada del Ministro de la Secretaría” según se leía encima de puerta de acceso a ese espacio en el que servía yo como asesora del Ministro Reinaldo Figueredo. Una de las pocas oficinas existentes en el área y cercana a la sala de sesiones del Consejo de Ministros. El Edecán me preguntó si sabía dónde estaba el Presidente, a mi respuesta “usted sabe que en Barquisimeto,” replicó “sí, pero dónde, tenemos que localizarlo, es urgente”. Cabe resaltar que entonces recién habían aparecido los ”ladrillos,” primeros celulares llamados así por su tamaño, yo había comprado uno algo antes de iniciar mis días en Miraflores todavía sin imaginar que desde allí lo usaría, pero la administración aun no los tenía como instrumento de trabajo y el ya viejo avión presidencial carecía de sistemas de comunicación hoy estándar incluso en aeronaves de rango menor.
El día 4 de aquel febrero, Jaime Lusinchi había entregado la Presidencia con más del 60% de aceptación o de popularidad, vale decir que en la percepción de al menos esa amplia proporción de venezolanos, no había nada que cambiar pues estábamos en el mejor de los mundos. Aunque es poco recomendable tomar decisiones importantes en situaciones de emergencia, la terca realidad contraria se impuso al gobierno entrante, que se encontró con precario margen de maniobra y sin tiempo para convencer. La situación de las reservas, por ejemplo, era apremiante, apenas rondaban los cuatrocientos millones de dólares frente a algo así como seis mil millones, igualmente de dólares, únicamente en compromisos por cartas de crédito.
Sería aventurado afirmar en qué medida la notificación de una próxima liberación de precios, sin previa labor informativa sobre la realidad contraria a tal percepción, pueda haber contribuido a los sucesos. No obstante, la información oficial de esa decisión recibida por oídos fanáticos de la ganancia fácil o, simplemente, cuidadosos del valor de reposición, acentuó la escasez que los prolongados controles venían causando y luce natural que los anaqueles vacíos en los expendios de alimentos hayan contribuido en indeterminable proporción a caldear los ánimos. Sin embargo, acudiendo al tiempo que toma a un pequeño grupo de amigos acordar una encuentro informal, desde mi ventana es inconcebible que la ira popular se haya desatado y más aun simultáneamente en lugares distantes entre sí sin articulación ni impulso, ni planificación y organización previa alguna, a la espera del momento propicio. Vista en retrospectiva, aquella escasez luce casi leve con relación a los periodos de desabastecimiento padecidos a partir de 1999, a pesar de la más prolongada bonanza petrolera jamás antes percibida por Venezuela.
Cierto que los días que precedieron a aquellos explosivos de febrero y marzo, hubo imprevisiones siempre más fáciles de identificar a posteriori, por supuesto. Se omitió, al parecer, el escenario de eventuales incidentes de violencia y de perturbación y de allí que no se tomaron medidas para esa potencial ocurrencia, imponiéndose la sorpresa con su consecuente desconcierto.
La Policía Metropolitana vivía una aguda crisis que no había trascendido, probablemente era parte del tinglado subversivo largo tiempo agazapado y que la incapacitaba para cumplir su función de preservación del orden público. Así la actuación de sus efectivos tuvo más relación con el clima interno un tanto anárquico, que con sus funciones y responsabilidades. Uno de los botones menos trágicos de la muestra lo tuvimos el lunes 27 en las pantallas de televisión al transmitir en directo, cómo sus efectivos impusieron colas en la entrada de varios de los negocios que fueron saqueados, en espera de la salida de otras personas cargadas con cuanto podían.
El mismo lunes 27 en lugar de un viernes, por ejemplo, cuando las personas suelen tener premura en llegar a su casa o lugar de descanso o de esparcimiento entró en vigencia un aumento del costo del transporte, que motivó tempranos disturbios en Guarenas.
Adicionalmente, el país venía de alrededor de nueve años sin necesidad de utilizar equipos antimotines y apenas se encontraron unas inservibles máscaras antigases.
Ante la emergencia, el martes 28 se improvisó en La Carlota la llegada nocturna de tropas desde el interior ya que en Caracas el número de efectivos apenas rondaba los mil quinientos y bien conocido es que el entrenamiento de la soldadesca en tiempos normales difiere del propio de la policía. Aún después, el Ministro de la Defensa al salir del Despacho presidencial camino a la salida y ser abordado por algunas personas en los corredores, comunicó que nada se podía hacer porque el Presidente no quería represión. Un día más tarde, se repitió la escena en los mismos corredores y el Ministro transmitió el siguiente diálogo con el Presidente. Ministro, esto no puede continuar ¿Qué hago Presidente? Haga lo que tiene que hacer para que esto no continúe.
Para facilitar a los ministros el seguimiento de la situación, fueron instalados en la mencionada oficina privada del Ministro de la Secretaría de la Presidencia dos planos de la ciudad, uno de Seguridad y otro de Abastecimiento y vinieron 4 oficiales quienes mediante tachuelas de colores mantenían actualizada la información que les llegaba, en particular desde el comando estratégico, a través de una veintena de teléfonos punto a punto, instalados al efecto. Fueron, desde luego, días muy intensos y largos. Sin que estuviera previsto y tampoco pregunté por qué lo hacían, hasta la madrugada la central (número 810811 que entonces y desde mucho tiempo antes era el número telefónico a Miraflores) remitía a dicha oficina las llamadas de angustia pidiendo apoyo frente a supuestos grupos amenazantes. Con el personal de oficina que me acompañaba y el apoyo de los referidos oficiales, las canalizábamos como podíamos. Salvo una que se identificó desde una urbanización del este (La Lagunita, si bien recuerdo) las demás se decían procedentes de zonas populares, las más frecuentes de Catia y el 23 de Enero. Desde este último sector, no sabría precisar la hora, una voz femenina clamaba por ayuda ¡Por favor, envíen a alguien que nos quieren quitar nuestras casas! ¿Quiénes? pregunté. ¡Ellos, ahí vienen! Aunque insistí no logré más información y le pedí sus datos. En esa ocasión uno de los oficiales diligente y amable, luego de hacer gestiones, me refirió que sólo podían enviar una tanqueta. Avisé a aquella persona, pidiéndole no asustarse al verla llegar. Para mi estupor contestó, sin vacilar ¡Mejor, que vengan y los maten que nos quieren quitar nuestras casas!
Entre tantas incidencias impactantes recuerdo el asesinato de un soldado de la Guardia de Honor. El joven efectivo, confiado y desaprensivo, salió solo de Palacio Blanco no sé a qué y en la esquina noreste fue derribado por un francotirador, desde un edificio vecino. El tema de los francotiradores fue recurrente, lo percibí como uno más de los claros indicios contra la supuesta espontaneidad, robusteciendo la explicación opuesta: una conspiración de larga data, planificada a la espera del momento oportunista. Esa hipótesis adquirió solidez cuando uno de los oficiales encargados del seguimiento de la situación de seguridad, me expresó “No entiendo pero los francotiradores están siendo coordinados por radioaficionados”. Conociendo el incuestionable e indubitable talante positivo y pacífico de la actividad de esa red interpreté que se trataba de otra red ad hoc, parte de la conspiración a cada rato perfilándose de modo más nítido.
Pocos días después, cuando vivíamos el sabor amargo de lo ocurrido y estando yo de regreso de mi primera misión como emisaria presidencial, comenté el asunto de los francotiradores con una calificada persona de mi confianza del área seguridad. No se inmutó, solo se sorprendió de mi desconocimiento y me ofreció un regalo. Poco tiempo después me trajo un voluminoso legajo de copias de informes y fotos de inteligencia relativas a décadas de actividades de ex guerrilleros así como de contactos de éstos incluso con insospechadas personalidades de la vida de la nación. Que una imagen dice más que mil palabras es un lugar común. Sin contar con la i.a., efectivamente hay fotos que revelan mucho pero también abundan las que no dicen nada porque son obviamente protocolares o de mera cortesía a veces ineludible. En una de las del primer tipo un reconocido y respetado personaje me transmitió que trataba con especial deferencia a un exguerrillero también muy conocido porque salió a despedirlo afuera, con la puerta de su casa a su espalda.
Aquel material me resultó impresionante, lo clasifiqué de algún modo y como juego del destino, casi todo se me extravió en una mudanza.
Los omnímodos poderosos de hoy, se apropian y celebran con desvergonzada arrogancia el dolor de aquellos días como precursor de sus ulteriores triunfos, lo que confirma sus reales propósitos de antes y de ahora así como su talante perverso. Una de las reflexiones que reiteradamente oí decir aquellos años al entonces Presidente Carlos Andrés Pérez es “a mí me condenan más por mis aciertos que por mis errores”
- Esta nota es edición de otra con el mismo título publicadas en analítica.com en febrero de 2007 y en eastwebside.com en fevrero 2023.
Este es un articulo lleno de detalles importantes, una excelente forografia de lo vivido!